Que nuestra vida alimente el espíritu de luz

Homelia Quinto Domingo de Tiempo Ordinario

Lecturas: Is 58: 7-10,  Salmo 111, 4-5. 6-7. 8a y 9, 1 Co 2, 1-5

Jesús, tu moriste por nosotros pecadores porque somos hijas e hijos amados del tu Padre, nuestro Señor. Que el Espíritu Santo guie nuestros frágiles corazones y mentes para que podamos vivir lo que él deseas para nosotros: Que nuestra vida alimente el espíritu de luz.

Un viejo Cherokee estaba enseñándole a su nieto sobre la vida. “Una pelea está ocurriendo dentro de mí”, le dijo al niño. “Es una lucha terrible y es entre dos lobos. Uno es un malvado: es ira, envidia, dolor, arrepentimiento, avaricia, arrogancia, autocompasión, culpa, resentimiento, inferioridad, mentiras, falso orgullo, superioridad y ego”. Continuó: “El otro es bueno: es gozo, paz, amor, esperanza, serenidad, humildad, bondad, benevolencia, empatía, generosidad, verdad, compasión y fe. La misma pelea está sucediendo dentro de ti, y dentro de cada otra persona, también”.
El nieto lo pensó durante un minuto y luego le preguntó a su abuelo: “¿Qué lobo ganará?”
El viejo Cherokee simplemente respondió: “El que alimentas”. [1]

En nuestro corazón existe, como en la historia del indio Cherokee y su nieto, una lucha por nuestra alma excepto que en nuestra fe cristiana no son lobos sino espíritus: los espíritus de oscuridad y los de luz. Cual sobresale en nuestras vidas depende de los cuáles alimentamos. Cuando alimentamos a un espíritu de oscuridad nos alegamos de Dios y del prójimo. Si nutrimos lo espíritu de luz amamos al señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente… y a nuestro prójimo con a nosotros mismo (cf Mt 22:37-39).

Estos días es imposible escapar los efectos de las personas que alimentan a los espíritus de oscuridad. Por ejemplo, se han dado cuenta del odio que existe en nuestra política nacional. Los insultos, resentimiento, y avaricia en nombre de la agenda del partido político. Todos claman que tiene razón. Más aún, muchos justifican sus acciones en el nombre de Dios. Que político reza más y es más cristiano se ha convertido en una competencia. La oscuridad de estas operaciones políticas ha creado división en nuestra sociedad y en el mundo. Nadie es inmune de los efectos por que cada vez que vemos la televisión, escuchamos la radio, visitamos la internet entramos en un super mercado lleno de frutas de la oscuridad y muchos comemos de ellas y nos llenamos con los espíritus de la oscuridad. Una vez infectados somos como zombies que tratamos de convertir a otros. Significa eso, sin embargo, que no debemos envolvernos en la política. Claro que no. Es nuestra responsabilidad cívica tener discusiones políticas, pero no bajo el manto de la oscuridad, pero en la luz. Esta semana, el Padre Misko envió a los sacerdotes y diáconos información para ayudar ustedes a como participar en el proceso político bajo la luz. El documento se llama: Formando la conciencia para ser ciudadanos fieles.[2] La iglesia no favorece a ningún partido o político. La iglesia patrocina a Jesucristo, quien es la fuente de nuestra luz, quien nos digo en el evangelio de Juan:
“Anden pues, mientras tiene esta luz, para que no les sorprenda la oscuridad; porque el que anda en la oscuridad, no sabe por dónde va” (Jn 12:35).

Quizás ustedes se preguntarán: ¿cómo sabemos si estamos alimentando la oscuridad?” Según el apóstol Pablo en Efesios: por las frutas que producen:
7 “Por tanto, no sean partícipes con ellos; 8 porque antes ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor; anden como hijos de luz. 9 Porque el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad” (Ef 5:7-9). Es por los frutos que sabemos si los espíritus que alimentamos son de oscuridad. Tome un inventario de sus relaciones con su Dios, su familia, amigos, vecinos etc. ¿Están construidas en bonda, justicia y verdad o en ira, injusticia o mentira?

La primera lectura nos educa en como nuestra vida alimenta los espíritus de Luz. El profeta Isaías nos dice que cuando ayudamos al hambriento, al pobre, al desnudo y no rechazamos a nuestro hermano nuestra luz surge como la aurora (cf. Is 5:8). Unos meses atrás, una conocida, llamémosla María, me pedio que le llevara comunión y rezara el rosario con una amiga de ella que estaba muy decaída. Su amiga era una madre soltera, sin recursos financieros, y sin familiares en Texas. Durante varias semanas yo fui testigo de la luz de María. Ella hizo gestiones para conseguirle vivienda a su amiga, apoyo para su hija adolescente, y unirla con sus parientes. Las acciones de María brillaban como la aurora que cicatriza heridas (cf. Is 5:8). Desafortunadamente la amiga falleció unas semanas más tarde. Sin embargo, antes de morir, gracias al don de luz que María vive, Dios reunió a su amiga e hija con sus familiares.

Un día le pregunte a María: ¿porque usted hace todo esto por su amiga? Ella me contesto, “Años atrás, yo estuve en una situación similar a ella y el Señor Dios y muchas personas me ayudaron a mí. Por eso yo la ayudo a ella.” Las palabras de María son testimonio de la declaración de Jesús que nosotros somos la luz del mundo (cf. Mateo 5:14). Cuando nuestra vida alimenta a espíritus de luz, nosotros actuamos con compasión glorificamos al Padre. Como nos dice Jesús en el evangelio de Mateo:
“Vayan y aprendan el significado de estas palabras: “Lo que quiero es que sean compasivos, y no que ofrezcan sacrificios” (Mateo 9:13).

María es un ejemplo de lo que sucede cuando nuestra vida alimenta a los espíritus de luz. Y yo he visto como ella los alimenta, con los sacramentos de la eucaristía y reconciliación, oración y actos de caridad.

Pero aquí está la cosa. María no es perfecta. María es una pecadora como nosotros. Estoy seguro de que hay días, quizás meses o años en todos nosotros que es difícil vivir en la luz. Quizás perdimos la fe porque pedimos un milagro y no ocurrió o quizás nos enojamos con alguien por una injusticia que nos hicieron o la vida nos presenta muchos retos. Lo importante es reconocer tres puntos: primero que eso es normal. En nuestro corazón existen espíritus de oscuridad que buscan alegarnos de Dios y espíritus de luz que nos acercan a Dios. Lo segundo es que, Dios usa la iglesia, los sacramentos, y la comunidad cristiana para ayudarnos a renueva nuestra luz. Y tercero para que nuestras vidas alimenten al espíritu de luz no tenemos que hacer actos heroicos. Toma tiempo con tus seres queridos, recen juntos, sonríe más a menudo, pon tu teléfono fuera de la vista cuanto una persona quiere hablar contigo, apaga el televisor durante la cena etc. Al final de cuenta, son las cosas simples la cual tendrán el mayor impacto en como nuestras vidas alimentan el espíritu de luz.

Oremos:
Señor, gracias por tu amor incomprensible. Nosotros queremos ser
la luz del mundo. Sin embargo, no lo podemos hacer solos por somos débiles y pecadores. Enviar Tu Espíritu Santo para que nos de sabiduría y fortaleza. Que nuestras oraciones de alabanza y pedido suban a ti como incensio. Que el cuerpo y la sangre de tu hijo que vamos a recibir remueva el manto sobre nuestra luz para así vivir en comunión con la Santa Trinidad: Padre, Hijo, y Espíritu Santo. Amen.

[1] https://www.firstpeople.us/FP-Html-Legends/TwoWolves-Cherokee.html

[2] http://usccb.org/issues-and-action/faithful-citizenship/upload/spanish-faithful-citizenship.pdf

Un Mundo Nuevo

Imaginasen por un momento un mundo donde todo es nuevo. Que magnifico, ¿no? Ese es el mundo que el Señor nos promete en la segunda lectura. Cuando nos dice: “Ahora yo voy a hacer nuevas todas las cosas” (Apocalipsis 21: 5ª).

¿A qué se refiere el Señor? ¿A cosas nuevas como un vehículo, nuestra casa etc.? Quizás, pero es más apropiado pensar que él se refiere a un mundo puro y perfecto; lleno de vida divina, donde encontramos paz y amor, curación, perdón, olvido, y alegría.

Las lecturas de hoy nos dan tres ejemplos de esa promesa: Primero, Dios envió a su hijo Jesús para que renovara la unión con sus hijos e hijas que Adam y Eva rompieron. La resurrección de Jesús sella la nueva unión con el Padre, la cual el espíritu santo continua.  Segundo, la promesa de Dios se llevó acabo en la persona de Pablo. Su encuentro con Jesús convirtió a Pablo en una nueva persona que dejo de perseguir a los creyentes de Jesús y empezó a propagar el mensaje de Dios. Y tercero, en el evangelio escuchamos como Jesús hizo nuevo el mandamiento que Dios le dio a Moisés para los israelitas en el libro de Levíticos: “ama a tu prójimo como a ti mismo.” (Lev 19:18). Jesús convierte nuevo el mandamiento cuando declara: “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado; y por este amor reconocerán todos que ustedes son mis discípulos” (Jn 13:34-35).

Pero ¿qué significa para nosotros que Dios va a hacer nueva todas las cosas? A continuación, hay tres puntos que presentan el significado.  Primero, la promesa de la resurrección de Jesús está disponible para nosotros. Segundo, nosotros como Pablo podemos recibir el mismo don de misericordia que él recibió si tenemos un encuentro personal con Jesús. Y tercero, si nosotros obedecemos el nuevo mandamiento de Jesús podemos convertimos en nuevos discípulos.

La próxima pregunta entonces es: ¿Cómo Dios puede hacernos nuevo? Un modo que Dios usa para hacernos nuevos es los sacramentos. A través de los sacramentos Dios nos hace nuevos cuando nos libra del pecado original a través del bautismo. Él nos hace nuevo cuando comemos y bebemos el pan y vino de vida de la eucaristía. Dios nos hace nuevo cuando recibimos el espíritu santo durante la confirmación. Él nos hace nuevo cuando confesamos y nos arrepentimos de nuestros pecados.  Dios nos hace nuevo cuando nos unimos como esposa y esposo en vida matrimonial. Él nos hace nuevos cuando nos alienta y nos prepara con el aceite de la unción en momentos de enfermedad. Finalmente, Dios nos hace nuevo cuando ordena a diáconos y sacerdotes.

Hermanos y hermanas, Dios nos ha hecho una promesa que el hará nueva todas las cosas. Dios no hace promesas en vano. Cuando él dice que él va a hacer nueva todas las cosas, creámosle y hagamos todo lo posible de nuestra parte para recibir la promesa que él nos dio.

Amen.

Homilia 19.5.2019